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La semana de cristal

A ella,
la más dulce del Meso




I
Empezó mientras lavaba los platos y explotó con los añicos de una cafetera.
Tierra seca desperdigada por el suelo,
cualquiera,
que daba al pulmón de mi memoria.

Allí, sobre los restos,
hice de la cocina un confesionario de mi triste y patético esqueleto.


II

Fue un regalo que me hiciste en Coatepec.
Era ese paseo por sus callejuelas.
Era diciembre.
Fue un largo diciembre.
Y ese día fue el más largo de todos los diciembres. 

Yo,
hecha braza,
arremetía contra cada día de diciembre.
Enjaulada en mis ideas y prendida de pantallas que rasguñaban mis pieles,
la niebla se llevaba mis pasos sin mirarte,
escucharte,
nada.
Niebla.


Me volví chiltepín,
una detective que sospechaba del humo,
pero cuando desperté ya estábamos en el aeropuerto y tu cara...
Ya no era la del cuadro colgado en la sala.
Tu acuario de sal te humedeció la mirada;
enterneció tus rosales, casi tanto como las canciones que me hiciste y,
en tarareos,
se va llevando el olvido.

Mi indomable aspereza: un látigo de fuego.
He sido una hiedra con corazón de manglar,
que traga las corrientes sobre las que cualquier falo pretende hacerse monumento;
que borra los párrafos de sus libros y no deja que ninguna de sus hojas escurra.
No hay sol para ellas. No. Solo para amarte y que las canciones sean mías.


III
¿Recuerdas cuándo íbamos por la carretera y pasó un jaguar?
En su pelaje desfilaba la jungla,
su casa,
su reino
y nosotras,
en nuestra ridícula bola de fierros con nuestros popotes de plástico.
Enmudeció hasta tu mandíbula,
por la que daba vueltas aquel insoportable chicle. 

Nuestra descomposición no nos alejó de nuestra cortesía tropical
y reverenciamos con silencio azul,
casi negro,
sólo casi,
porque no había palabra que capturara la onda de sus vértebras.

Tomaste los colores e hiciste un poema,
de esos que sólo tu haces,
porque tus manos son suaves y cálidas como el canto del pájaro en el jardín de la mañana.




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