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Callerías y privilegios

El tiempo se evapora en la tardanza de un semáforo;
juego tricolor de promesas,
de esas que se venden en banderas.

Pedalea una guerra entre los metros despistados y las rieles oxidadas.

Entre el sudor de las prisas y el coraje de los olvidos, se asoma una lata que suena;
son semillas y monedas de hambre que cantan mientras el fuego vuela como gasolina sobre caderas.

El sol, de rayos invisibles,
indestructibles y omnipresentes,
pintarrajea las pieles que no se miran en los anuncios.

Un vidrio empapado como una cara escupida,
una bolsa rota por la lluvia,
una almohada abandonada,
un sandwich con hongos,
una noche con camas de periódico
o sólo un mal recuerdo:
-Ahorita no tengo.
-Pa' la vuelta.

Le pega el aire,
el acondicionado,
                            acondicionador,
                                                      acondicionante,
de un Garnier con olor a vainilla.




Pd: aquí, reportando desde el observatorio. Cambio y fuera.

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Raudal

Te aspiro en la espera interminable del hilo tendido frente a mí, inánida presencia, triángulos perdidos, ruido ingobernable que cabalga hacia mis furias sedientas,  mientras los abalorios de arena se entierran en tu boca. 

Sepulcral

Searching in the prints of animal life; those whispers of sand, of holding hands of the dead and my friends. Away. Oh, there, the plains and the stars laugh at me for the lost and the time that went to somewhere, in between the lines of dirty hands, old books and hot pens. Oh, that nights of rough beds, mountains of bodies searching souls and some angels' dust in the eyes. People. I'm forgetting (that feeling). The touch. And the hug. The frozen voice and images that fly through wires. I miss the tongues, unprisioned by wines and the sound of bottles, emptied by words.

Leer al cielo

Era de noche y Lua ladraba. Se camuflaba con las sombras y los gatos. Sus ladridos eran mi camino; creía que me llevaban de los oídos, pero no; sólo me acompañaban a la catástrofe. Como siempre, testigos de mis intentos suicidas. Llegamos al monte. Con mis orejas desnudas y mis ojos nublados, busqué. Arranqué las flores y desenterré las piedras. No hubo espectáculo de nada, pero la nostalgia se lució; desfiló con sus plumas empolvadas y los aluxes bailaron. La humedad trazó su cauce y, sobre una hoja de palmera, llegamos a una entrada. Pudo ser cualquiera, pero era la de un templo silenciado. Aún de pie; sobre sus muros desgarrados, sus códices desaparecidos, figura desequilibrada y sin rastros de un color. Lloramos. A lo lejos, allá arribita, las estrellas contaban historias indescifrables y yo, ante la dictadura del sonido, escuchaba. Si algo no sé, es leer al cielo.