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Desde mi viñeta: Ciudad de México


Ciudad de México 

Ciudad vibrante;
monstruo gris,
de luciérnagas eléctricas y oxígeno cortado.

Expresos cotidianos
y pasos frenéticos.
Besos en el metro y asaltos en los puentes.

Museo de las uñas.
Museo de las tragedias.
Museo de las protestas.

Bibliotecas de las furias,
de escaleras y estantes enlibrados.
Algo gotea...
Intelectuaelitismo.
[Privatización de la educación]

Morenidades danzantes,
pechos rebotando,
sombreros zapateando.

Miradas pegajosas
y estatuas de chicle.
Pulque de placer, de risa;
de números perdidos y nombres intercambiados.

[Confusión. Postales de Buenos Aires]

Recuerdos sin nostalgia;
nostalgia sin recuerdos.

Museo de la incertidumbre.
Taxonomía del vaivén;
locuras voladoras.

Paisaje autorretratado.
Episodios sin censura

Museo del museo





Pd: Everándome, que esto se pondrá mejor.

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Raudal

Te aspiro en la espera interminable del hilo tendido frente a mí, inánida presencia, triángulos perdidos, ruido ingobernable que cabalga hacia mis furias sedientas,  mientras los abalorios de arena se entierran en tu boca. 

Sepulcral

Searching in the prints of animal life; those whispers of sand, of holding hands of the dead and my friends. Away. Oh, there, the plains and the stars laugh at me for the lost and the time that went to somewhere, in between the lines of dirty hands, old books and hot pens. Oh, that nights of rough beds, mountains of bodies searching souls and some angels' dust in the eyes. People. I'm forgetting (that feeling). The touch. And the hug. The frozen voice and images that fly through wires. I miss the tongues, unprisioned by wines and the sound of bottles, emptied by words.

Leer al cielo

Era de noche y Lua ladraba. Se camuflaba con las sombras y los gatos. Sus ladridos eran mi camino; creía que me llevaban de los oídos, pero no; sólo me acompañaban a la catástrofe. Como siempre, testigos de mis intentos suicidas. Llegamos al monte. Con mis orejas desnudas y mis ojos nublados, busqué. Arranqué las flores y desenterré las piedras. No hubo espectáculo de nada, pero la nostalgia se lució; desfiló con sus plumas empolvadas y los aluxes bailaron. La humedad trazó su cauce y, sobre una hoja de palmera, llegamos a una entrada. Pudo ser cualquiera, pero era la de un templo silenciado. Aún de pie; sobre sus muros desgarrados, sus códices desaparecidos, figura desequilibrada y sin rastros de un color. Lloramos. A lo lejos, allá arribita, las estrellas contaban historias indescifrables y yo, ante la dictadura del sonido, escuchaba. Si algo no sé, es leer al cielo.