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Crudeza cascaruda

[Higiene]
Me limpio la cara.
Recolecto polvos grises,
estancados en mi cara;
esa del espejo y la que miro.

[Metro]
Nado entre los peces moribundos,
nos vamos en la red metálica y hasta donde sea que nos arroje el monstruo.

De aquí para allá.
Sin parpadear;
con ampollas y pantorillas delineadas.
Un pulque en mente y besos pendientes.

[Semper Altius]
Las medallas y la vida.
Palomeo mis planes; me tatuo estrellitas.

Coloco mi lista imaginaria en una vitrina.
Una más a mi collage de selfies,
cristalizaciones de que estoy encardumendata hacia el éxito.

[Somos parpadeos]
Luego luego, veo los cráneos del Museo de Antropología y me asusta el existencialismo;
me asusta la muerte, el vacío y la nada.

Me agobia la responsabilidad de crear mundos de la vida
y asumirme como parte de un momento irrepetible entre los daguerrotipos de la Vía Láctea.

Luego luego, sólo quiero suicidarme.
Lanzarme por las escaleras,
planear un terremoto
y
envenenarme de dolores.



Aquí, reportándome desde la Crudeza Cascaruda

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Raudal

Te aspiro en la espera interminable del hilo tendido frente a mí, inánida presencia, triángulos perdidos, ruido ingobernable que cabalga hacia mis furias sedientas,  mientras los abalorios de arena se entierran en tu boca. 

Sepulcral

Searching in the prints of animal life; those whispers of sand, of holding hands of the dead and my friends. Away. Oh, there, the plains and the stars laugh at me for the lost and the time that went to somewhere, in between the lines of dirty hands, old books and hot pens. Oh, that nights of rough beds, mountains of bodies searching souls and some angels' dust in the eyes. People. I'm forgetting (that feeling). The touch. And the hug. The frozen voice and images that fly through wires. I miss the tongues, unprisioned by wines and the sound of bottles, emptied by words.

Leer al cielo

Era de noche y Lua ladraba. Se camuflaba con las sombras y los gatos. Sus ladridos eran mi camino; creía que me llevaban de los oídos, pero no; sólo me acompañaban a la catástrofe. Como siempre, testigos de mis intentos suicidas. Llegamos al monte. Con mis orejas desnudas y mis ojos nublados, busqué. Arranqué las flores y desenterré las piedras. No hubo espectáculo de nada, pero la nostalgia se lució; desfiló con sus plumas empolvadas y los aluxes bailaron. La humedad trazó su cauce y, sobre una hoja de palmera, llegamos a una entrada. Pudo ser cualquiera, pero era la de un templo silenciado. Aún de pie; sobre sus muros desgarrados, sus códices desaparecidos, figura desequilibrada y sin rastros de un color. Lloramos. A lo lejos, allá arribita, las estrellas contaban historias indescifrables y yo, ante la dictadura del sonido, escuchaba. Si algo no sé, es leer al cielo.