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Introspecciones: salvación


En un mundo donde se penaliza "lo humano".


Frente a un espejo.


Acto I. La cruz

Pero la cruz, esa pinche cruz que todos y todas, sí, todos y todas, cargamos. Ja, ojalá tan siquiera la cargáramos, la arrastramos. Marcamos en la pinche arena su rastro que es más nuestro, en la medida que poseemos a la cruz porque es nuestra aunque no queramos, aunque nos creamos los y las sin cruz.

¿Y esa cicatriz en nuestra frente? Ah, nada... Es ese rastro. La cruz de nuestros rosarios que nos trazamos frente al espejo, que se rompe porque pensamos que estábamos del otro lado. Pero sangramos mientras el espejo cruje.  



Acto II. Llantos
Esos chorros cayendo sobre los teclados, que electrocutan nuestros dedos.
Así me enseñaron a compartir mis tristezas y mis enojos, pero siempre y cuando nadie me vea, de preferencia en un lugar oscurito. La única luz que se acepta es la de la pantalla, a través de la cual podemos vernos, más no tocarnos.

Ah, ¡pero de eso se trata!, de que nadie toque a nadie... 




Acto III. Aberraciones
Y ahí viene.
Algo sale de mi boca y no sé cómo traducirlo, solamente sé hablar. Vale madres y padres el idioma, es lo mismo... Qué triste es citarnos los abecedarios de la A a la Z y al revés, cuando comunicarnos se reduce a letras y a un teclado que electrocuta dedos.


Acto IV. Misiones
Aquí todos y todas nos queremos salvar de nosotros y nosotras. La arena se tornará fangosa, movediza; el laberinto era un espiral... ¿Quién se mueve? ¿qué mueve a qué? ¿qué mueve a quién? ¿quién mueve a quién? 

-Oye, te estás hundiendo con todo y cruz... 
-Pero si somos cruces.

Ni entre cruces se salvaron.

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