Nos hacen creer -quienes quieran que sean- que lo ridículo es naturalmente ridículo, cuando puede tratarse de dimensiones de otros sentidos que podrían hacernos felices. Se trata de bailar como loque en la calle o imaginar que no hay calle, de cantar mientras usamos nuestras piernas como tambores y sumergirnos en la ridiculez, que se entiende como locura.
Te aspiro en la espera interminable del hilo tendido frente a mí, inánida presencia, triángulos perdidos, ruido ingobernable que cabalga hacia mis furias sedientas, mientras los abalorios de arena se entierran en tu boca.
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