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Sonrisa torcida (o un epitafio para el rey de los altermundistas)




Siempre te demandé coherencia y tú, me la negaste con tus millones de vientos. Eso sí, siempre con la compañía de esa sonrisa torcida (dibujada sólo en tu cara, dentro de todas las sonrisas y todas las caras) que no conseguí arrancarte. Era una de tus políticas y tomando sus riendas, descubriste que las izquierdas eran las piedras de otro templo cristiano y anunciaste que no serías albañil de cosa semejante. Ya no querías mancharte las manos, como cuando eras niño.

Entonces te sentaste sobre algún cerro y me hablaste -con el bastón del recuerdo entre las manos- sobre los paisajes; el volumen, la cercanía y el poder. En la última de tus lecciones (de esas que nunca te pedí) me dijiste que sólo había de a dos o de a dos: vertical y horizontal. Tallaste tus conclusiones sobre las piedras y los truenos conspiraron contigo. 

Procediste a buscar agua en mis lagunas y, aunque vaya que había, no dejé que te miraras (ni mucho menos empaparas) en ninguna de sus gotas. Era el final y lo sabías. Yo tampoco busqué agua en las tuyas, aunque después te ahogaste por varias noches. Era el final y lo sabía. 

Nos sepultamos.

A veces retornan tus vientos; tu aliento de flores marchitas cae por el cerro en el que vivías. Es lo único que queda de ti, porque me encargué de desaparecerte, a ti y a tus portales; pero tenías, tenías que dejar una trampa. Muy tú. 

No sé qué podrás contar sobre mi muerte; pero de la tuya, puedo decirte que fue lenta y que me dolió más a mí que a ti, como siempre... Y es que no sabía por dónde empezar; contigo, ese era el verdadero problema. Tenía que ver con tus pinches vientos; me ensordecían. 

Me pido disculpas cuando te visito, porque me traiciono y porque veo tu sonrisa torcida; desata las canicas y rebotan por las esquinas de mi cuerpo, como cuando lloré y tú -como estatua- sobre tu trono. Es la única vez que una silla con ruedas fue algo diferente a la humi...

De los golpes salen tus risas (las conozco todas). 

Vencida, me voy porque, a pesar de todo, no pretendo construirte un museo, aunque varias veces puse la primera piedra. 

"Qué asco"

Sí, qué asco; ni muerto te callas, ni muerto te vas.
Pero, finalmente, aquí yaces cabrón políglota. 

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